Este proyecto transforma un antiguo espacio de oficinas en una vivienda pensada para disfrutar, reunirse y compartir tiempo en familia y con amigos.
Con 110 m², el reto principal era repensar por completo la distribución para adaptarla a un nuevo uso más flexible y emocional, donde la cocina y el salón se convierten en el verdadero corazón del hogar.
El punto de partida estaba muy claro: los clientes querían una cocina amplia y funcional, pero también un espacio donde poder convivir, reunirse y crear momentos con otras personas. La cocina deja de ser un espacio de trabajo para convertirse en un lugar de encuentro.
A partir de esta idea, el proyecto se articula en torno a una gran barra central que actúa como eje de la vivienda y elemento vertebrador del diseño. Alrededor de ella se organiza todo el espacio: un salón abierto, luminoso y conectado, y una serie de estancias que completan la funcionalidad del conjunto.
Aunque se trata de una vivienda de uso ocasional, también se incorporó una zona más privada que permite descansar y pernoctar, haciendo que el espacio sea completamente versátil y adaptable.
El resultado es un espacio flexible, cálido y pensado para la convivencia, donde la distribución, la luz y la funcionalidad trabajan juntas para adaptarse a diferentes formas de uso sin perder coherencia ni confort.